domingo, 9 de noviembre de 2008

No se que pasa en esa habitación que no me dejan entrar



No se que pasa en esa habitación que no me dejan entrar

Con esta frase sorprendí a propios y extraños cuando me preguntaban, que hacía allí solita y tan seria, imagino que con ganas de ver por donde salía la niña de cuatro años que estaba sentada en el último peldaño de la escalera que comunicaba la entrada de la casa , con el piso en el que se encontraban las habitaciones.

Subieron mis abuelos, mis tíos, el médico, entraron en aquella habitación cerrando la puerta, yo quedaba al otro lado, mirando la cortina de flores de un rojo intenso y grandes hojas verdes, pero a diferencia de otras ocasiones ,la puerta estaba cerrada, yo no recordaba que esto hubiese sucedido antes, siempre era la cortina la que flanqueaba el acceso al dormitorio.

Aquella era la habitación de mis padres, era una dependencia de la casa importante, gozaba de cierta intimidad, concedida precisamente por aquella puerta que ahora me enseñaba su cara.
La sitúo perfectamente en la distribución de la casa , a la izquierda de ella se abría el comedor al cual daba lo que después sería mi habitación, a la derecha, unas preciosas cantareras de madera, que no estaban precisamente como elemento decorativo, tenían una utilidad básica ,tres cántaros barnizados de color verde las ocupaban , y bajo, en el suelo, descansaba un botijo blanquecino y húmedo, con la boca tapada con un gorrito de ganchillo azul, que miedo nos daba que se colara por el algún insecto, mi padre siempre nos alertaba de que aquello podía ocurrir, y para ilustrarlo nos contaba una leyenda un tanto épica ;siendo él pequeño , cuando vivía en la aldea, al ir a llenar agua a la fuente parece ser que se coló en el botijo un renacuajo y allí se hizo una gran rana ,la oían croar ,incluso uno de mis tíos mirando hacia el fondo ,llegó a ver los ojos del animal ,yo no se si esto era cierto o pura invención ,pero esa historia indudablemente marco mi futura relación con los botijos, aun hoy los miro con cierta aprensión, entenderéis el por que ¿no?

Del suministro del agua en casa se encargaba mi madre, los viajes a la fuente incluían cántaro a la cadera y el botijo en la otra mano, unos pasos mas atrás venía corriendo yo, siempre me ha tocado ir algo acelerada en esta vida, suelo caminar con gente de zancada larga y yo tengo el paso corto, la acompañaba como no ,con un botijo de plástico de color verde, ya se sabe los niños imitan conductas.

Al lado de las cantareras, una alacena con puertas de madera y cristal , unos suaves visillos ocultaban los preciados objetos que colocados en sus estantes esperaban un día de fiesta para ser utilizados.
Las tacitas de café con su platillos, las copitas para el cognac, la jarrita de agua con el asa azul, objetos intocables para mi, que subida a una silla de aneas y madera azul pegaba la nariz para mirar hasta el fondo.

Hoy cuando tomo café en la casa de mis padres algunas veces utilizamos aquellas tacitas que guardaba aquel precioso armario yo siempre pensé que debían ser de una carísima porcelana, con el paso de los años mi madre desveló el secreto ,las fue adquiriendo con los paquetes del detergente Elena.
Sin lugar a duda ,el café en ellas es mas oloroso ,más penetrante, cada taza ,además del exquisito líquido ,trae el aroma del recuerdo, el de la niñez, el de la juventud de mis padres, el de las voces de mis abuelos ya ausentes, tomar café en esas tazas ,es algo mas que ingerir el líquido, es saborear una vez más,una parte de mi vida.


En frente, la chimenea , pintada de color tierra y decorada con pequeñas estrellas azules tintineantes, estrellas traviesas y juguetonas que una noche sin luna se colaron por nuestra chimenea y se quedaron para siempre con nosotros .

Hoy que rememoro todo aquello, como si pasease por mi casa , creo que aquella era una de las estancias mas bonitas de ella ,no se muy bien porque no la utilizamos nunca. siempre fue sitio de paso, acceso obligado a la gran sala ,donde la familia cocinaba comía y en épocas de matanza de cerdo, se llenaba de olor a carne y especias de las longanizas ,chorizos, morcillas y jamones que colgaban del techo en aquel improvisado secadero de viandas.

Aquella sala también tenía una chimenea , menos bucólica que la anterior, pero con mucha vida , frente a ella compartíamos charlas y tiempo , nuestro tiempo, a veces el crepitar del fuego y nuestros silencios, se veían amenizados por los sonidos de la radio Askar que mi padre tenía colgada para escuchar las emisiones de Radio Andorra, las noticias o el programa que hacían a las 8:30, España para los españoles.

Mi madre por la tarde ya había dejado pasar a nuestra sala a la psicóloga de la época, Doña Elena Francis y su consultorio, era la España rural,la España de la radio, de los combates de boxeo , de los consultorios de belleza y sentimentales, de las radio novelas con Matilde Vilariño, de las canciones dedicadas para los maridos o novios que estaban trabajando en el extranjero…era la música de fondo a mis juegos de muñecas o a mis dibujos de pinturas Alpino.


Decía que en la habitación de mis padres nada bueno parecía estar sucediendo demasiada gente y el médico, el resultado de todo, no se hizo mucho de esperar, alguien me dijo que tenía una hermanita .

Mi hermana, nació en casa, en la cama de mis padres, siempre le oí decir a mi madre que menos mal que no fue un parto complicado como el que tuvo conmigo ,me tomé tres día para venir al mundo, pero en aquel caso mi madre afortunadamente estaba en el hospital.

Se, pero de oídas ,ya que no lo recuerdo, que la niñita era llorona, llorona, ¿que le pasaría? esas cosas de los niños pequeños…esos sentimientos que tiene las madres, quizás durante el embarazo tuvo muchos disgustos, y sobre todo el incidente con aquella burra negra.

Aquella burra negra, que no era una burrita suave ni con ojos de azabache ,como el adorable Platero, esta era mala de nacimiento o estaba rebordecida; normalmente ayudaba a mi abuelo en las tareas de huerta , pero aquel día la llevaba mi madre, parece ser que esta que escribe, cayó entre las patas del animal, que se abalanzó a cocearme, mi madre en estado muy avanzado de gestación se lanzó a por mi, ella siempre ha comentado que esto pudo influir en que mi hermana naciese con tanto lloro ,son esas cosas que se piensan...

Lo cierto es que la niña del pelo rizadito , me destronó de la habitación de mis padres, lógico por otro lado, aunque pronto fuimos compañeras de juegos y travesuras.

Recuerdos más nítidos tengo de la habitación que compartí con mi hermana, estaba pintada de azul ,la iluminación venía por una pequeña ventana alta que daba a un tejado lleno de cosas que nosotras lanzábamos desde el piso superior, meter la mano por la ventana para alcanzarlas, era nuestra última oportunidad para intentar recuperar aquellos tesoros .
Nuestra cama era de hierro, de color plateado, alta, con dos colchones de lana que la hacían casi inaccesible y en el suelo, como alfombra una piel de oveja curtida…ya se sabe en casa del pastor, todo se aprovechaba.

La intimidad a la estancia la daba la cortina que la separaba del pasillo de acceso, una cortina con fondo beis y pequeños ramilletes de flores, en aquella cortina mi hermana y yo probamos nuestras artes en le oficio del corte y confección , o mas bien solo del corte le dimos un “tijerazo” o visto desde nuestro punto de vista, solo hicimos una mirilla observadora.

Esta ventana, enfado a mi madre, pero nada comparable al enfado que cogió cuando vio que también sobre su rebeca morada probamos la tijera. Aquella maldad no tiene precio, le sentaba tan bien… de pie, mirándose en el espejo del palanganero de madera ,yo detrás de ella la miraba hacer, se peinaba el pelo negro rizado , lo sujetaba en una pequeña cola y le ponía un lazo de terciopelo, y sobre los hombros la chaqueta morada.


Mi madre podría haber sido peluquera perfectamente , tenía gracia para peinar su pelo hacerme las trenzas y para sacar bucles del pelo de mi hermana, solía coronar su cabeza con la típica castaña ,como explicar este peinado a las niñas de hoy, bueno seguramente de la misma manera que tratarán ellas de explicar el suyo a las niñas de mañana, con gestos, mímica y algunas risas.

Guardo imágenes de mi pequeña hermana en un patio de colegio, formando en la fila de entrada, con su babero blanco y su pañuelito al cuello ,obligada por las siempre eternas anginas que la acechaban o cogida de mi mano en la puerta de la iglesia a la salida de misa de un domingo.
M e esfuerzo por recordar cosas de su infancia, apenas lo consigo, pocos trazos , escasas imágenes, solo una sensación que se mantiene en mi, la de que era una niña feliz.

2 comentarios:

Silvestre dijo...

Es agradable un lunes levantarse, donde el estrés diario aun no hace mella en uno. Leer un bello relato que nos transporta. Aquí sentado con mi tazón de leche y su correspondiente ración de miel. Un rato de nostalgia, después de un domingo.

Aunque de ser sincero, y tu lo sabes, me hubiera encantado verte sentada leyéndome tus relatos, por que seguro que algo de esos sentimientos no los puede plasmar unas frases escritas.

gracias

Artaldeluna dijo...

Es francamentemente bonito acunar recuerdos... acariciar imagenes que ya parecen queden sepia en nuestra mente... notar el aire fresco en la cara... cerrar los ojos... recordar...

Seguir viviendo...