miércoles, 29 de octubre de 2008

MI ViDA ES BELLA

Cada vez que me pongo en marcha con el coche y se que voy a pasar por Allí sentimientos encontrados me invaden, la ilusión y la alegría de reconocer el lugar, de saber que al verlo se desencadenarán multitud de recuerdos de vivencias ya pasadas, no solo mías…hay tantas cosas que he escuchado, que he visualizado al oírlas, que también forman parte de mi, casi como si las hubiese vivido.

Los otros sentimientos son menos festivos, hacen referencia a todo aquello que sucedió, a las gentes que pasaron por sus calles, lavaron en sus ríos, bebieron de sus fuentes, rieron lloraron ,vivieron… las que quedaron para siempre , las que marcharon…y la pena porque no quede ni siquiera un resto que les haga referencia…nada ,no queda Nada, solo Olvido..aunque quizás, no tanto...porque estamos, todavía estamos y lo recordamos.

Creo que una hormona especial, se activa en mi, es la del recuerdo de los olores de las tardes de primavera , el olor de las plantas aromáticas que crecían por las montañas cercanísimas ,el romero, el tomillo sobre todo, este, que al pisarlo te dejaba su impronta a monte durante horas, dispara el recuerdo de las sensaciones de luminosidad, tranquilidad y paz que sentimos los que Allí vivimos.

Pasan por mi cerebro imágenes como flases, una niña con calcetines blancos un día de fiesta , unos lazos en unas trenzas negras, sonidos de cohetes en la plaza, el volteo de campanas para dar la bienvenida a las fiestas de Mayo….

Incluso he hecho míos recuerdos de otras personas, los de mis padres , abuelos y oigo la acordeón del tío Paco los domingos por la tarde , en el salón que también llevaba su nombre ,los veo moverse al ritmo de la música ,escucho incluso el sonido de las vaporosas faldas de los años 50 al girar sobre la pista…los zapatos de tacón de aguja ,imposibles para caminar por un pueblo con calles sin pavimentar y descarnadas a menudo por la lluvia, sin embargo, los calzaban aquellas mujeres jóvenes…las veo pasear por la carretera, de cerca las sigue una pandilla de chicos, en algún sitio de la sinuosa carretera se encontraban , se enamoraban, latían..

Cuando miro lo que queda del pueblo,apenas una colina gastada,un castillo que lo corona , a lo lejos un cementerio y a los pies un río, único signo de vida, impertérrito al paso tiempo.

Me recuerdo con otros niños, recorriendo las paredes escarpadas para acceder a la fortaleza, que como otras muchas, tenía un tesoro que nadie había encontrado, ya se sabe, había que madrugar mucho para ver cual era la primera piedra en la que daba el sol, o esperar a la noche mágica de San Juan en la que aparecería algún signo que indicaría donde estaba el tesoro, demasiada complicación por un simple tesoro.


Por supuesto no faltaba un túnel subterráneo excavado por los árabes, que atravesando todo el pueblo te llevaba desde el castillo hasta el río,eso decían y eso repetíamos, afortunadamente no se nos ocurrió meternos por ningunas de las bocas del barranco que había por el pueblo, a lo sumo nos acercábamos un poco para mirar como se nos colaba la pelota..¡que cruz !Y cuantos balones sin recuperar se nos quedaron …el río debía de haber estado rebosante de ellos.



La plaza era nuestro lugar preferido para jugar, su superficie era lisa y fina ,por ello numerosos ” chamboris” la decoraban…tejos para jugar no nos faltaban ,no he visto otro lugar como aquel para encontrar por cualquier sitio pedazos de tejas rojas, que nosotras redondeábamos, para que avanzaran rápido ante los impulsos de nuestros pequeños pies.
Otros días, o mejor dicho tardes, a la salida del colegio, con el bollo de chocolate en el pan , aquel chocolate envuelto en papel blanco y de letras azules ,que se deshacía en la boca ,endulzando hasta el alma y dejando restos de azúcar en la lengua durante horas, nos daba por jugar a las casitas, en unos antiguos gallineros, no se sabe de quien, que ya estaban abandonados hacía muchísimos años, situados en los aledaños del castillo .

Ahora cuando recuerdo los lugares por donde jugábamos,me sonrío ante los juegos de los niños actuales, que peligros tan diferentes les acechan y seguramente mucho más graves,nosotros de aquellas correrías pocas marcas traíamos, a lo sumo algún rasguño, éramos unos niños muy, muy , pero que muy, rurales.

Aquellos pequeños seres, sudorosos, exhaustos y sedientos necesitaban un lugar de avituallamiento, sobre todo, de agua fresca que los aliviase , este era la casa de Fina, al lado de la iglesia,ella, nos recibía a todos ,formábamos una larga fila para beber el agua fresquísima que salía de de su pozo, agua pura de lluvia ,que paciencia la de esta santa mujer, dios no le dio hijos, pero adoptó a muchas generaciones de críos.

Para jugar en la parte baja del pueblo, estaba “el lejío” que nombres…hasta este momento que lo rememoro y lo escribo no me había dado cuenta , que se muy poco , o nada de su etimología . Por esta zona , la casa del médico, la taberna y la misma fuente pública, eran nuestros objetivos lúdicos.

La fuente ofrecía un lugar de batalla perfecto, mudo testigo de nuestras numerosas batallas, entre el bando que ocupaba la parte alta y los que asediaban, las cañas eran nuestras armas y cual brillantes espadachines asestábamos fuertes cañazos a nuestros adversario ,que peligroso, veo este juego, entonces no, solo jugaba. Estos juegos los aprendimos de una caravana de niños húngaros, que pasó por el pueblo, creo que eran maestros del género….los recuerdo con pañuelos en la cabeza y vestidos de colores morados y adornos plateados...aunque tal vez, solo tal vez ,esto sea cosa de mi fantasía.

Que manera de reprendernos aquellas mujeres, hombres o parejas de adolescentes que hacían de ir a llenar el cántaro a la fuente un momento de encuentro amoroso, eran otros tiempos, no cabe duda, a aquellos enamorados cogidos cada uno de un asa del cántaro, la vuelta a casa se les hacía corta por más que ellos pretendieran alargarla .

Otro lugar al que nos gustaba acercarnos,aunque lo hacíamos pocas veces, era la zona del cementerio ,esta zona nos atraía y nos asustaba.
No se si era casualidad o lo hacíamos de manera premeditada, siempre que merodeábamos por sus alrededores, era al atardecer incluso anocheciendo, coincidía con la recogida de agua que había en una pequeña charca ,se la acercábamos a las mujeres que limpiaban la iglesia ,estas nos mandaban a por el preciado líquido purificador, y en este caso no íbamos a casa de Fina, que estaba cercana ,sino que raudas enfilábamos el camino del cementerio.

Una vez que teníamos los recipientes llenos , los sacábamos y caminábamos hasta la cancela de hierro del cementerio, entre sus barrotes, mirábamos al interior para ver las tumbas cercanas ,mujeres y hombres que nos miraban desde sus lugares de descanso eterno pero sobre todo, nos inquietaba una que era totalmente blanca ,un niño de cuatro años nos miraba sonriente, como si agradeciese la visita de otros niños, aunque no pudiese jugar con ellos.

Yo sabía quien era él, había oído contar la historia a mi madre, una historia triste que quizás me la contaron para protegerme e indicarme que la mano de mi madre era un lugar seguro, sobre todo en un pueblo con dos ríos y numerosas acequias que regaban las huertas cercanas…el agua para un niño es como un imán, a veces muy peligroso.

Me contaron ,que aquel niño rubio se le había escapado a su madre de la mano mientras esta compraba en la tienda de ultramarinos, cuando lo echaron en falta del lugar no lo pudieron encontrar...hacia el atardecer unos hombres vieron algo parado entre las cañas en uno de los recodos del río, y al acercarse descubrieron un mechón de cabellos rubios mecido por el agua, encontraron a aquel pequeño angel, ya era demasiado tarde.

Aquella historia dejó su huella en el pueblo, los padres, jóvenes emigrantes que vinieron a trabajar en la presa que se estaba construyendo ,marcharon dejando en el cementerio, parte de sus vidas, su hijo, con su tumba blanca y con su misterio… Se rumoreó por el pueblo que era difícil que él, siendo tan pequeño llegara solo hasta el río…siempre circularon otras histórias, así pasó a formar parte de las leyendas del lugar, nació lo que hoy , denominaríamos leyenda urbana.
Por eso la mano de tu madre era el mejor de los refugios.

Hipnotizadas frente a la puerta del cementerio ,con la noche ya cayendo, algo nos volvía a la realidad ,el canto de algún grillo o algún mochuelo que ya nocturneaba, cogíamos los cubos y corríamos ,más que andábamos, hacia la iglesia que ya tenía encendida la lámpara central y su luz mortecina se extendía por el recinto,sacaba brillos de su suelo de ladillo blanco y negro, a estas horas, aquellos santos tan grandes,en sus hornacinas, más que protección inspiraban miedo, Santa Catalina de Siéna, con la rueda de su martirio presidiendo el altar, un San Isidro labrador, que miraba con el gesto cansado del hombre que trabaja duro de sol a sol , para completar aquel escenario la imagen de la Santa Cruz en su vitrina de cristal, sobre un calvario de calaveras…y lo más imponente, incluso sobrecogedor para una niña, toda una retahíla de ofrendas de piernas ,brazos de plástico que colgaban en la pared ,en el lado izquierdo, la luz al incidir en ellas les confería una apariencia real ,mejor no dirigir la vista hacia el lugar o aparecía la angustia ante lo que aquellas ofrendas significaban.

Más que impresionadas estábamos ya, muchas veces para completar la escena, aparecía Pepe ,el joven monaguillo que salía de la sacristía, lugar oscuro donde los haya, y que con permiso del cura tocaba el órgano, sin su permiso por supuesto, también se bebía su vino.
Pepe era un autodidacta, más listo que el hambre y que arrancando notas lastimeras al antiguo órgano, propiedad casi, del viejo sacristán, ponía la banda sonora en aquel escenario de misterio digno de Amenabar, en el que se convertía la iglesia de mi pueblo al anochecer.

Tanto susto empezaba a marcarnos la hora de huir para nuestras casas, pero para ello teníamos que atravesar la zona de confesionarios donde la luz iluminaba escasamente, ya se sabe la importancia del recogimiento y la oscuridad ,para contar los pecados y secretos inconfesables a los ávidos oídos del sacerdote, y la entrada ,en cuyo lado izquierdo tras una cortina morada ,se adivinaba una estrecha escalera de caracol que accedía al campanario, otro foco de terrible oscuridad, en ese momento lo peor que podía suceder es que el reloj de la torre diera la hora,sus golpes retumbaban como si del latido del corazón de un enorme monstruo se tratase, si eso ocurría, salíamos disparadas cada una hacia su casa, las despedidas a gritos por el camino mientras corríamos en busca de un refugio seguro…yo calle abajo, no corría ,galopaba ,el eco de mis pasos resonaba en el silencio de la noche, por contextualizar la carrera diré ,que aquella luz era de 125watios con unas farolas que sobre la bombilla tenían un plato de porcelana,ya sabéis como suenan si el viento sopla ,aunque sea suavemente, como para detenerse.

En mi bajada veloz ,hacía un pequeño descanso frente al estanco, de ahí salía una luz más potente por su puerta de cristal, detrás de ella siempre estaba el estanquero, ojo avizor a todo el que pasara por la calle , de pie, inmóvil, apoyado sobre su bastón y su única pierna ,no era momento de mirarlo.

Tras recobrar el aliento, volvía a iniciar la carrera por las apenas iluminadas calles ,otro foco de luz provenía de la carnicería, me llegaba por mi izquierda junto a los golpes secos del cuchillo del carnicero ,cortando la carne, me anunciaba que tan solo unos metros más y por fin llegaría al callejón donde estaba mi casa, seguir hasta la puerta, abrir el pestillo de la parte inferior , ya que la de arriba permanecía todo el día abierta, solo la cerraba mi padre cuando llegaba, entrar, subir los dos tramos de escaleras que me separaban de mi madre y por fin sentirme segura, sentirme en mi casa ,atrás quedaba la noche y sobre todo la oscuridad..

¿He dicho ya, que no me gusta la noche?

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