Estaba sentado en un banco del parque,apoyado en el bastón y sobre su cabeza un pañuelo,dejado caer tal cual,ningún toque de elegancia ni picardía en ello ,del bolsillo a la cabeza, con la unica intención de protegerse del sol,de esos primeros rayos cálidos que nos trae la primavera,pillándonos confiados,a ellos no,los más mayores siempre nos advierten de estos días soleados,la cabeza a la sombra,cuidado con el sol que luego llegan los costipados,les escuchamos decir.
Mirándole desde el otro lado de la calle a través de las palmeras,casi espiándole, pensaba que no era habitual la imagen que ofrecía,hacía mucho que no había visto abuelos tomando el sol con un pañuelo sobre la cabeza,me parecíó atemporal,propio de otras épocas.Y pensé en los Carasoles.aquellos rincones cálidos y protegidos de los pueblos aprovechados por sus gentes para sentarse y sentirse a resguardo. Mis Carasoles son más imaginados y recordados que vividos.
La memoria muchas veces acaricia nuestros recuerdos e imagenes de la infancia,haciéndonos casi protagonistas,la mía,me deja notar la suave tibieza de esos lugares, a veces piedras vírgenes,brillantes y soleadas,que emergían cercanas a las casas,otras, rincones emblanquinados cada primeros de mayo,cercana ya las fiestas patronales,la Santa cruz,el día tres. Estos Carasoles eran el fondo de figuras enlutadas,de rostros quemados por el sol y surcados por mil arrugas.
Hombres y mujeres encorvadas por los los años y la dureza del trabajo,que sentados en bajas sillas de madera, encordadas en basta anea conversan o dormitan acercandose a la tierra en muda y peligrosa atracción. Los mayores de las casa, los abuelos del pueblo,retirados de un trabajo activo porque las fuerzas son escasas,van llegando con su silla,alguno con una pequeño cojín,para ablandar el rústico asiento,otras llevan su canasta de ropa para repasar o alguna pequeña labor si la vista lo permite.Para protegerse del sol, tan solo,un pañuelo blanco o a cuadros azules,dejado caer sobre sus cabezas.
Quizás, más tarde se acerca algún nieto,-abuela,¡la merienda!,espeta el niño chillón mientras revuelve la canastilla de costura de su abuela y saca un huevo de madera ,preciado artilugio para zurzir calcetines, cosidos y recosidos hasta la saciedad. La abuela saca un pedazo de pan,de uno de los bolsillos de su delantal o sobredelantal,quizás de su faltriquera....capas y capas de ropa superpuestas para protegerse del frío o del calor tanto da. La merienda del chiquillo, aparece envuelta en un grueso papel,reciclado obligatorio de la compra en la tienda de ultramarinos,no eran tiempos del papel albal,ni de las bolsitas de plástico.
Por toda despedida, el pequeño suelta su aro de metal que ya rueda por la empinada calle,mientras enarbola la mano con el bocadillo diciendo adiós al aire. La abuela retoma la costura del viejo pantalón azul desvahído, aplica un pedazo de telamás nuevo,que desdice,siempre desdice,de tanto aprovechar la ropa.Se cala bien las gafas y zurce a la altura de la rodilla.
El resto de tertulianos sonríe ante la inusitada energía del pequeño pelirojo y continuan su conversación,-cuando nosotros eramos crios,poco tiempo para jugar teníamos...- las cargas de leña que hacía yo con la burra negra que tenía mi padre, se sabía ella el camino, mejor que yo...Siempre había un padre al que llevar la cesta de la comida al medio día y un hambre tan grande,que apetecía hacer una parada a mitad camino y dar una cucharada al guiso que aún humeaba.
Ah!,la juventud ya fue otra cosa,sobre todo los bailes de las fiestas los guitarristas tan buenos que tocaban en la plaza y las piernas tan fuertes que tenían entonces,sin parar de bailar, sin descansar ni una sola pieza ,eso si que era divertirse. Se ríen,alguno cierra los ojos ante la fuerza de estos recuerdos, no sin cierta nostalgia casi propia ya de esta horas de la tarde.Los rayos de sol apenas calientan y empiezan a notar el fresco, sus viejos huesos se resienten,va siendo la hora de terminar,y en acuerdo tácito, se despiden hasta otro rato,seguramente mañana,después de comer volverán, ahora recogen y cada uno con su silla en mano se dirigen hacia casa.
Pequeñas historias de nuestros grandes y únicos días... Recuerdos,ideas,reflexiones que llenan mi vida.
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jueves, 24 de mayo de 2012
miércoles, 24 de marzo de 2010
LoS abuelos del Arroz

Ni arroz pegado, ni guiso ahumado.
Quien arroz come, buenos carrillos pone.
Carnero castellano, vaca gallega, arroz valenciano.
Con este título que me he inventado, bien pudiera empezar a escribir la história de una saga de cultivadores de arroz allá en la China,o por cercanía, aquí en la ribera valenciana,pero no es el caso,que más quisiera yo,
Sólo hablo de mis abuelos,bastante alejados de cualquier saga arrocera.
La postguerra,el hambre y la necesidad acercó al abuelo al arroz.
Él,no era de aguas encharcadas y arrozales, el abuelo, era un hombre de monte, y de este,aprovechaba todo lo que podía ,leña, fornilla, carbón que cocía por la noches en las carboneras,algún conejo furtivo que caía en sus cepos , peces desprevenidos en los nidos del Túria y los cultivos del pequeño pedazo de tierra que le había tocado en herencia,pero como digo, la dura postguerra lo llevó como trabajador temporero,al cultivo ,cuidado y recolección arrocera en el Palmar de Valencia.
Traía al pueblo algo de dinero, ropa de las niñas del amo para su hija que era casi de la misma edad ,algunas palabras diferentes de nuestro castizo castellano y como no, gusto,casi devoción al arroz y a su preparación en la cocina.
Le recuerdo a mi madre decir, que la suya,mi abuela ,solo sabía cocinar arroz,de muchas clases, pero arroz. Era la abuela en su pequeño fogón de hierro colado,con el carbón que separaba ,del fuego de la noche anterior, la que cocinaba.De sus cazuelas de barro o porcelana ,salían los aromas del arroz que el abuelo cultivaba.
Arroz con acelgas, con pollo,con conejo, la ollica de arroz con cardos ,alubias pintas y algo de cerdo,arroz con col,arroz con habas,arroz con alcachofas,y los domingos,paella de pollo y conejo y a veces mixta ,se le añadía pescado.
Creo haberlo probado de todas las maneras,excepto con leche, nunca ,en la tradición familiar,se asoció al arroz como dulce.
Mi abuelo aderezaba la comida con anécdotas o dichos importados,de como comían en le Palmar,del allipebre con patas que preparaba la casera o que el arroz de pescado se debía comer con la concha del mejillón,así que primero nos comíamos su carne y después,mi hermana y yo, nos afanábamos en dar cuenta del resto con nuestra válva /cuchara.Era este un arroz divertido,de risas y carreras para ver quien acababa antes.
Un día el arroz de la abuela estaba triste,solo tenía carne,le faltaba la verdura.Otro día ,estaba muy amarillo,no había sofrito de tomate.
A la abuela se le había olvidado como se hacía el arroz y poco a poco ,olvidó todo lo demás.
Mi madre recogió su saber culinario,sencillo y sabroso, añadió a la lista algún arroz más ,supongo que por la influencia de mi padre,ganadero de toda la vida,el arroz con trocitos de jamón,o con costilla de cerdo.
Y como estoy convencida,que los gustos culinarios se aprenden en casa,se transmiten alrededor de la mesa,de generación en generación con sinfonías de cucharas,tenedores o platos,yo también venero el arroz.
Me he adueñado de las recetas familiares,sazonadas con todo lo que escuché,viví e imaginé con cada uno de ellos, y a nuestro partícular recetario de arroces, añadí en honor a un hijo mal comedor,un arroz sin sabor o casi ,el arroz blanco de niño pobre africano,cocido,con un poco de sal y muy,muy seco.
Este arroz, que imagino, salva cada día ,muchas vidas de niños,que comen esto y poco más, a mi hijo y a mí,nos solucionó muchas comidas.
Me pregunto, que tipo de arroces salvará él.
jueves, 5 de marzo de 2009
EN LA CALLE BUENAVISTA

Si no me conociese bastante bien empezaría a preocuparme esta medio obsesión que siento por las casas, o mejor dicho por hablar de ellas, yo siempre he pensado que solo se necesito una.
Las casas me interesan por lo que guardan , por lo que se ha vivido allí y casi siempre en pasado, en las que viví o en las que me gustaría haber vivido por algún motivo .
La casa de mis abuelos maternos, es una de ellas .
Esta casa de la calle Buenavista número15, esta grabada en mis recuerdos, pese a que hace muchos años que estuve en ella , y que ya no existe.
Hoy como si fuese la niña de ocho años que la visitaba, voy corriendo hacia ella.Calcetín blanco y zapatos de colegiala, trenzas negras y sus lazos blancos o rojos al gusto de mi madre.
Veo el color de la calle grisáceo o rojizo según la roca madre sobre la que se asentaba el pueblo, no conocieron estas calles ni cemento ni adoquín, giro el recodo del estrecho callejón, y la casa ,apresuro el paso y frente a mi la puerta pintada de no se que mezcla de tinte rojizo, que al pasar la mano por ella parece tierra .
La empujo suavemente y entro al patio rectangular, a mi derecha la leñera y al frente ,el rincón de plantas verdes de mi abuela ,colgadas en las paredes bajo una hiedra suave con flor blanca, velo de novia, creo que se llamaba.
Hoy yo soy la encargada de cuidar aquellas plantas, tras años y años de transplantes, imagino que son los brotes de aquellas primeras
Otra puerta a la derecha del patio y entro en el edificio,mis ojos van a parar a la mole de piedra redonda utilizada por mi abuelo para partir olivas y ponerlas en adobo. Al lado, el hueco de la escalera, lugar siempre fresco para poner el botijo y en verano los melones traídos de la huerta, nevera natural.
Un poco más al izquierda y en altillo al que se accedía por cuatro escalones ,una habitación que fue utilizada por mi madre en sus años de juventud.
Al otro lado la cuadra, morada en decadencia ocupada hasta donde alcanzan mis recuerdos, por un caballo y por una burra negra ,cargada de malas intenciones, fue la última inquilina .
Dos tramos de escaleras más y estoy en el verdoso y solitario comedor, al que daban dos habitaciones, una de ellas la de los abuelos ,una cortina preservaba su intimidad, un mundo tras ella, cómodas y camas de alturas inaccesibles y el tic-tac del reloj marcando las tranquilas horas del día tras cumplir su objetivo: ringgg a las siete de la mañana ,inicio del día.
Los Apóstoles en la última cena,un plato de céramica con escenas de la huerta de valencia y un cuadro con unas sonrientes falleras, componían la decoración del comedor ,sobre la mesa de madera oscura una jarra de cristal con unos tulipanes rojos y blancos de plástico ,hacían las veces de centro de mesa.
Tras dedicarles una sonrisa a tan insignes personajes,libro los 15 escalones que me separan de la querida abuela, era la dueña de la sala, la reina de la mañana, la pereza no hacía migas con ella. Frente a la ventana, ojo curioso que mira al Túria ,a la verde huerta, a la cercana montaña, una cascada de cabello negro es trenzado ,y después recogido en un moño, una onda enmarcaba su rostro y el olor a colonia fresca da por concluido su arreglo personal.
En la sala se vivía,el olor a comida se extendía por ella desde primeras horas de la mañana ,en el brasero de hierro colado lleno de carbones se hacia amorosamente la comida,a un lado el cacito con la malta reposada del desayuno con su colador de tela,nunca desayunar me supo tan bien.
En aquellos días había tiempo para mirar por la ventana, que llamábamos "cubierta", o mejor dicho descubierta, porque estaba todo el día abierta, se cerraba con una especie de madera que subía desde el suelo hasta arriba cerrándose con un pasador de madera
No recuerdo verla cerrada nunca, solo cuando anochecía , en invierno, este era el momento de encender el candil y el fuego. Las paredes se llenaban de sombras nuestras caras semidibujadas entre rojizas y amarillentas,brillos de vasos y jarritas colgadas en la pared, reflejos verdinosos de los cántaros ,componían nuestras noches de charlas, frente al fuego.
En la sala de mi abuela nunca hubo luz eléctrica, la modernidad se quedó en le segundo piso.
El reino de las sombras se extendía hasta la estancia contigua era , inquietante, la única luz provenía de un estrecho ventanuco…al lado siempre había una chaqueta vieja de hombre,oscura, colgada en un clavo en la pared ,creo que mi abuela sabía que me asustaba y nunca me dijo a quien pertenecía, era la caja fuerte de la casa , calderilla, monedas en deshuso, papeles, todo lo guardaba la buena mujer, bien sabía ella ,que no metería nunca yo la mano en aquel oscuro bolsillo.
El armario de olores, también se hallaba aquí,el pan, los restos de la comida,pescados, carnes , el chocolate de bollo de papel blanco y letras azules... todo había dejado su deliciosa impronta, acompañando una jarrita blanca de loza para meter los huevos. Lo mejor de la despensa, meter la mano y a tientas buscar en ella …
Oigo la voz de mi abuela llamándome,voy junto a ella a sentarme frente al fuego.
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