sábado, 17 de enero de 2026

Tiempo de Navidad,Tiempo de Magia

 


Navidad, turrones, panderetas, reyes magos… momentos que guardamos en la memoria como un recuerdo  amable y mágico, tiempos compartidos con los abuelos y aquellos padres jóvenes, trabajadores y luchadores que se esforzaban por crear momentos bonitos, en unos años con más escasez de todo, menos de cariño.

 

Hoy, ya adulta revivo muchas veces aquello que dejó belleza y amabilidad en mi mente. Siempre en estas fechas  vuelven aquellos días de Navidad de mis nueve o diez años, por ser los últimos que viví en el pueblo en el que nací.

Nuestras casas no eran tan cómodas y confortables como las actuales. Ventanas de madera que ajustaban mal, salas espaciosas con escasez de puertas que hubiesen ayudado a crear espacios más cálidos. Escaleras  para ir al primer piso, otro tramo para ir al segundo y  la entrada de la calle, con la puerta rojiza de un tinte mate y rasposo que nos sacaba a aquel callejón  de la Calle Barranco número 27, que mi madre mantenía lleno de plantas, criadas, las menos en macetas y la mayoría en cántaros, que se había “badado”, ollas de porcelana roja, que por una caída o por el paso del tiempo se habían agujereado, botes de leche vacíos de “La Nutricia” o “El Castillo”, que una vez quitado el papel que los envolvía, mostraban una lata nueva y brillante. Eran tiempos de reutilización, casi todo tenía una segunda vida.

Mis recuerdos me llevan por aquella calle o arteria principal del pueblo a la plaza y a la iglesia, con las amigas y con Isabel, a montar el Belén, enorme, con muchas figuritas y recreación de espacios. No se cuanta gente podría tener un belén en su casa, yo desde luego que no. De todo lo que poníamos, los pastorcillos eran unas figuras cercanas, mi padre era  pastor, verlos en aquel montaje con las ovejas y los perros guardianes, siempre me llamaba la atención. Mucha de aquella decoración, tenían que ver con nuestra vida cotidiana  en el pueblo.

Las huertecitas con su tierra labrada y sus surcos rectos, en los que aparecían todo tipo de verduras, las calabazas, algún arbolito, eran copia de nuestras huertas de regadío, las que  qué teníamos frente al pueblo, donde verdeaba la alfalfa para los animales, salpicaban el paisaje el color naranja o amarillo de los árboles frutales.

 Reconocíamos en aquellas diminutas figuritas frente al portal, las lavanderas  en el rio, igual  a nuestras madres o abuelas, con sus cerradas de ropa blanca lavadas en las losas de “La Rinconà”, a orillas del rio grande, como  llamábamos familiarmente al rio Turia,

Cruzaba una mula por el alto de aquel puente y también las mulas o burras de nuestros abuelos cruzaban a diario por un puente, yo iba de la mano de mi abuela y hoy aún escucho el sonido de aquel clinc, clanc de las herraduras chocando con las piedras, veníamos de los jijarrales, y ese eco quedó para siempre en mi. Las mujeres del Belén con cántaros a la cintura o a la cabeza, también  eran las mujeres de nuestro pueblo acarreando el agua por las calles empinadas.

Todo aquello que preparábamos con tanta ilusión tenía mucho que ver con nuestra forma de vida en el pueblo. Cuando terminábamos y antes de marchar a casa mirábamos las casitas iluminadas por el fuego de la chimenea, que hacía brillar las estancias y aquello también era mi pueblo con aquella luz amarillenta en las calles y una sala en nuestras casas en las que nos esperaba la madre con una chimenea encendida.

Mi madre en casa no ponía Belén, ya dije que no teníamos, pero si preparaba un gran árbol de Navidad, con una rama de pino, que mi padre había cargado durante horas, al hombro. Veo a mi madre joven, arreglándolo  con cintas de colores; la dorada, la plateada, la rojiza y después  añadía copos de algodón, que nos decía que era la nieve, porque en la  Navidad  que imaginamos, siempre nieva.

Quizás algún día vuelva yo a poner un árbol como aquel, porque ese árbol sencillo, que mi madre plantaba en el comedor, siempre será mi perfecto árbol de Navidad.

Los Reyes Magos también llegaban a mi casa y les dejábamos a los camellos alfalfa seca y algarrobas, siempre se lo comían todo y ellos a mí, como eran tan prácticos como mi madre, siempre dejaban justo aquello que necesitaba y era de “provecho”. Qué suerte, que las pinturas Alpino de madera, con aquel aroma irremplazable, fuera algo de provecho y para mí algo mágico, aún hoy, son mis preferidas, por encima de los “plastidecor”.

El último año que viví allí, los reyes a su paso por el Ayuntamiento me dejaron una muñequita fallera, que todavía guardo con mucho cariño.

Todo esto, que os he contado,  ocurría allá por el año 1973 y esas Navidades, tuvieron lugar en un pueblecito de la serranía valenciana, Domeño, un pueblo como otros muchos en España , a los que les afectó un pantano.