Navidad, turrones, panderetas, reyes magos… momentos que
guardamos en la memoria como un recuerdo
amable y mágico, tiempos compartidos con los abuelos y aquellos padres
jóvenes, trabajadores y luchadores que se esforzaban por crear momentos bonitos,
en unos años con más escasez de todo, menos de cariño.
Hoy, ya adulta revivo muchas veces aquello que dejó belleza y
amabilidad en mi mente. Siempre en estas fechas
vuelven aquellos días de Navidad de mis nueve o diez años, por ser los
últimos que viví en el pueblo en el que nací.
Nuestras casas no eran tan cómodas y confortables como las actuales. Ventanas de madera que ajustaban mal, salas espaciosas con
escasez de puertas que hubiesen ayudado a crear espacios más cálidos.
Escaleras para ir al primer piso, otro
tramo para ir al segundo y la entrada de
la calle, con la puerta rojiza de un tinte mate y rasposo que nos sacaba a
aquel callejón de la Calle Barranco
número 27, que mi madre mantenía lleno de plantas, criadas, las menos en macetas
y la mayoría en cántaros, que se había “badado”, ollas de porcelana roja, que
por una caída o por el paso del tiempo se habían agujereado, botes de leche
vacíos de “La Nutricia” o “El Castillo”, que una vez quitado el papel que los
envolvía, mostraban una lata nueva y brillante. Eran tiempos de reutilización,
casi todo tenía una segunda vida.
Mis recuerdos me llevan por aquella calle o arteria principal
del pueblo a la plaza y a la iglesia, con las amigas y con Isabel, a montar el
Belén, enorme, con muchas figuritas y recreación de espacios. No se cuanta
gente podría tener un belén en su casa, yo desde luego que no. De todo lo que
poníamos, los pastorcillos eran unas figuras cercanas, mi padre era pastor, verlos en aquel montaje con las
ovejas y los perros guardianes, siempre me llamaba la atención. Mucha de
aquella decoración, tenían que ver con nuestra vida cotidiana en el pueblo.
Las huertecitas con su tierra labrada y sus surcos rectos, en
los que aparecían todo tipo de verduras, las calabazas, algún arbolito, eran
copia de nuestras huertas de regadío, las que
qué teníamos frente al pueblo, donde verdeaba la alfalfa para los animales,
salpicaban el paisaje el color naranja o amarillo de los árboles frutales.
Reconocíamos en
aquellas diminutas figuritas frente al portal, las lavanderas en el rio, igual a nuestras madres o abuelas, con sus cerradas
de ropa blanca lavadas en las losas de “La Rinconà”, a orillas del rio grande,
como llamábamos familiarmente al rio
Turia,
Cruzaba una mula por el alto de aquel puente y también las
mulas o burras de nuestros abuelos cruzaban a diario por un puente, yo iba de
la mano de mi abuela y hoy aún escucho el sonido de aquel clinc, clanc de las
herraduras chocando con las piedras, veníamos de los jijarrales, y ese eco quedó para siempre en mi. Las mujeres del Belén con cántaros a la
cintura o a la cabeza, también eran las
mujeres de nuestro pueblo acarreando el agua por las calles empinadas.
Todo aquello que preparábamos con tanta ilusión tenía mucho
que ver con nuestra forma de vida en el pueblo. Cuando terminábamos y antes de
marchar a casa mirábamos las casitas iluminadas por el fuego de la chimenea, que
hacía brillar las estancias y aquello también era mi pueblo con aquella luz
amarillenta en las calles y una sala en nuestras casas en las que nos esperaba la madre con una
chimenea encendida.
Mi madre en casa no ponía Belén, ya dije que no teníamos,
pero si preparaba un gran árbol de Navidad, con una rama de pino, que mi padre había cargado durante horas, al hombro. Veo a mi madre joven, arreglándolo con cintas de colores; la dorada, la plateada,
la rojiza y después añadía copos de
algodón, que nos decía que era la nieve, porque en la Navidad que imaginamos, siempre nieva.
Quizás algún día vuelva yo a poner un árbol como aquel,
porque ese árbol sencillo, que mi madre plantaba en el comedor, siempre será mi
perfecto árbol de Navidad.
Los Reyes Magos también llegaban a mi casa y les dejábamos a
los camellos alfalfa seca y algarrobas, siempre se lo comían todo y ellos a mí,
como eran tan prácticos como mi madre, siempre dejaban justo aquello que
necesitaba y era de “provecho”. Qué suerte, que las pinturas Alpino de madera, con aquel aroma irremplazable, fuera algo de provecho y para mí algo mágico,
aún hoy, son mis preferidas, por encima de los “plastidecor”.
El último año que viví allí, los reyes a su paso por el
Ayuntamiento me dejaron una muñequita fallera, que todavía guardo con mucho
cariño.
Todo esto, que os he contado, ocurría allá por el año 1973 y esas Navidades,
tuvieron lugar en un pueblecito de la serranía valenciana, Domeño, un pueblo
como otros muchos en España , a los que les afectó un pantano.
